El turista zombie
El año pasado el número de turistas internacionales en el mundo ascendió hasta los 940 millones. El turismo representa ya el 9% del PIB mundial. Ni la crisis, ni la gripe aviar, ni la madre que lo parió. Nada puede evitar hoy en día que las crecientes masas de la clase media planetaria se sientan como los ricos durante una o dos semanas al año. Cámara en mano se desplazan a los lugares más remotos, exóticos e inaccesibles del último catálogo de viajes del Corte Inglés y exhiben esa foto sujetando la Torre de Pisa o metiéndose el Machu Picchu por el ojete en su preciado muro de Facebook.
El turista actual pasa más tiempo en Internet que un adolescente en celo. Durante meses antes del viaje, peina sistemáticamente la red en busca de ofertas y chollos, a la vez que frecuenta foros especializados en los que intenta resolver grandes inquietudes como… “a cuánto va la barra de pan en Nepal?” o “rasca el papel de culo en el Easyhotel de Bayswater?”.
Uno de los viajes de moda, si el presupuesto no da para más excentricidades, es la visita a Londres. El otrora glamuroso trayecto a la capital británica hoy es comparable al transporte de ganado. Preséntese con 3 horas de antelación en el aeropuerto internacional de Quintanilla de Onésimo, donde una tartana con alas provista de azafatas feas irlandesas le llevará hasta una localidad tan cerca de Londres como Toledo de Madrid.
Este degradante proceso llamado viaje low cost, convierte automáticamente a los viajeros en turistas zombies. Se desplazan lentamente y en grandes grupos por el mercado de Portobello los sábados, el de Camden los domingos y el Soho al anochecer y en lugar de “cerebrooooos” dicen “fotoooooos”. Visten prendas que solo un muerto viviente en el extranjero llevaría: esa chaquetilla que regalaban con el Marca, las bermudas que ya estaban pasadas de moda hace 6 temporadas o cualquier cosa que estuviese en oferta en Decathlon la semana antes del viaje. No interactúan con el entorno salvo para comer y beber o hacer cualquier cosa que le ordene su guía de viaje. Su única misión es volver a casa con una foto en una cabina roja, otra junto a un Guardia Real, una en la entrada del barrio chino y, si no sale muy caro, la atrevida foto engullendo un “fisanchís” o “fulinglisbrekfas”.
Si te has sentido identificado con la definición del “turistazo”, no te sientas culpable, es imposible escapar del turismo zombie. Todos pasamos antes o después por el aro, aunque los más osados tratan de resistirse en vano. Se alojan con sus mochilas, sus rastas y sus albarcas en un albergue cutre y visitan los lugares “menos turísticos” recomendados en su Lonely Planet, la biblia para todo viajero independiente que acaba con la independencia de todo viajero.
De hecho, solo hay dos formas dignas de escapar de esta maldición: una es teniendo un amigo local que te lleve a su bar favorito o a ese rincón desconocido que le llevó años descubrir. Pero claro, no se puede tener amigos en todas partes, eso sólo es en Facebook. La otra forma, como no, es visitando Guirilandia…
Kew Gardens
Tras casi tres años en Londres ya iba siendo hora de visitar la mayor colección botánica del mundo: El Real Jardín Botánico de Kew. Con sus 121 hectáreas de jardines e inmensos invernaderos (green houses) es ligeramente mayor que el Parque del Retirno madrileño y está situado al suroeste de Londres, entre Richmond y Kew. Fue creado hace más de 250 años y recibe al año 2 millones de visitantes.
La entrada de adulto cuesta 13,90 libras, pero podéis usar el famoso 2 por 1 y, si vais con niños, éstos entran gratis. Es una visita que te lleva casi todo el día y que, como es natural, se disfruta más si es un magnífico día soleado. No obstante, abren todos los días, llueva o truene, y en el panfleto que te entregan al llegar se destacan los lugares más recomendables para visitar según la temporada.
¿Dejamos propina?
La propina es una de esas costumbres que hacen que los ingleses sean tan distintos de los españoles. Si llevas a tu pareja a cenar a una marisquería y te sale la multa por 58,70, en España dejas sesenta y tan pancho -si lo haces, lo normal es incluso coger la vuelta para pagar el parking-. Aquí no. Aquí el estándar sería dejarle al camarero entre cinco o seis libras.
Ya hay muchos lugares que incluyen en la cuenta el “service charge” que suele rondar el 12,5% del total. Desconfiad, es un subterfugio que muchos locales utilizan para hinchar los precios y sacar mayores beneficios y, por lo general, los currantes ven nada o muy poco de ese dinero.
Es una buena filosofía bien mirado. La tentación de ganar un sobresueldo con las propinas mejora el servicio que los camareros te dan, a priori. Para el inglés el servicio en una mesa no sólo consiste en que te dejen los platos y los retiren, sino que pretende que le sea brindada una experiencia que vaya más allá de la meramente culinaria.
Así que en Inglaterra si el servicio ha sido correcto, véase, te han atendido con amabilidad, explicado y orientado en caso de necesitarlo sobre los intríngulis del menú, no se han equivocado con las comandas y te han limpiado la mesa con presteza, como mínimo debes dejar un 10%. Si el servicio ha ido un poco más allá, incluso debes dejar algo más. Y por supuesto, si estimas que no se han cumplido los estándares, tienes el deber de hacérselo saber recogiendo las monedas del cambio para pagar el parking.
Pd: Si como turistas has cenado alguna vez en Londres y crees que el servicio ha dejado mucho que desear es que has probado el lado oscuro de esta práctica. Los camareros no son tontos y saben que los turistas italianos, españoles, franceses, etc… no dejan propinas -y normalmente encima dan mucha guerra-, así que claro, no se suelen esmerar mucho con ellos, guardando energías para aquellas mesas dónde saben que pueden ganar dinero.
El Borough Market y los gorilas
¿Qué tienen en común el Borough Market de Londres y la reserva de gorilas del Parque Nacional Virunga en la República Democrática del Congo? Pues a simple vista nada, pero ambas han sido incluidas en la lista de destinos en peligro de extinción que la revista Wanderlust elabora todos los años.
Los peligros que acechan el Parque Nacional de Virunga o la isla de Madagascar, son de sobra conocidos. Sobreexplotación de recursos, caza furtiva, políticos corruptos, guerras,… Sabemos lo que pasa y sabemos cómo solucionarlo pero nadie hará nada hasta que los únicos gorilas que queden sean los de los zoos y no quede más rastro de Madagascar que la película de dibujos animados.
Lo del Borough Market es muy distinto. Es un mercado que podría morir a causa de su propia fama. Recibe anualmente 4 millones y medio de turistas, pero la mayoría de ellos va a hacer fotos, no a gastar dinero. Puede que se tomen algo y compren alguna tontería, pero las tradicionales carnicerías, verdulerías o fruterías no viven de eso. Tanto turista ahuyenta a los locales que solían hacer allí su compra, que prefieren irse a otras zonas y evitar así la marabunta.
Curiosamente, la solución pasa por deshacerse de buena parte de los turistas. ¿Lo conseguirán?
http://www.wanderlust.co.uk/planatrip/inspire-me/lists/endangered-destinations-2011?page=1
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