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Un gato callejero llamado Bob
Aunque el número de perros es más o menos igual al de gatos (unos 10 millones en ambos casos), en Reino Unido la mascota por excelencia es el gato. Millones de británicos comparten su casa con ellos a cambio de mantener a los ratones a raya. Pero, a pesar de tener que disputarse el terreno con zorros, ardillas y palomas, también existen algunos gatos que sobreviven en las calles. Bob es uno de ellos.
James es vendedor de la revista Big Issue, el equivalente a la Farola en España. Una revista, que distribuyen los sin techo de londres quedándose con la mitad de las dos libras que cuesta. Un día, los caminos de Bob y James se cruzaron. James lo encontró en la calle seriamente herido, o quizás fue Bob el que lo encontró a él. No lo podía dejar allí tirado, así que lo llevó a un refugio donde lo curaron.
Una vez sano, James pensó que no le volvería a ver el pelo, pero Bob tenía otros planes y se convirtió en la sombra de James, siguiéndolo a todas partes. Todas las mañanas se puede ver a la peculiar pareja cogiendo el autobús con destino a la estación de Angel. Allí, Bob acompaña a James a menudo sobre su hombro o reposando sobre su mochila, mientras su amigo intenta vender la revista.
Esta sencilla y conmovedora historia callejera se convertirá en libro al año que viene, escrito por el propio James y bajo el título “Un gato callejero llamado Bob: Cómo un hombre y su gato encontraron esperanza en las calles de Londres“. Donde se narran las aventuras divertidas y a veces peligrosas que transformaron la vida de ambos, curando sus respectivas cicatrices del pasado.
La foto es de Annie Mole, en su magnífico blog London Underground.
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Thames Cable Car
El pueblo inglés tiene fama de ser escrupulosamente puntual pero a falta de menos de un año para el comienzo de los Juegos Olímpicos aún quedan pendientes de finalizar multitud de proyectos. Uno de los más esperados es el Thames Cable Car.
El Cable Car será un teleférico que cubrirá 1,1 Kms sobre el Támesis para conectar la península de Greenwich (donde se celebrarán varias pruebas olímpicas) con los Royal Docks (al norte del río), mediante 34 góndolas con capacidad para transportar 2,500 personas por hora. Se espera que esta construcción acabe convirtiéndose en un símbolo de la capital y que atraiga a miles de visitantes a la zona.
Como suele ocurrir con este tipo de construcciones faráonicas, el presupuesto inicial, 25 millones de libras, se ha disparado ya a 50 millones (lo que significa que acabará siendo de 100) y la empresa que en principio se iba a hacer cargo del coste y de su gestión se ha retirado del proyecto, con lo que acabará siendo TFL (la empresa municipal de transporte) la que, con el dinero de todos los londinenses, acabe pagando la factura.
Los que están a favor del proyecto dicen que Barcelona, Río de Janeiro, Lisboa o Nueva York ya utilizan teleféricos para el transporte de peatones y bicicletas con éxito y defienden que es un transporte relativamente limpio. Otros en cambio se preguntan quién va a utilizar esta ruta tras los Juegos Olímpicos y lo ven más como un proyecto megalómano del alcalde de Londres que otra cosa. ¿A nadie más le viene a la cabeza el capítulo de Los Simpsons de “Marge vs. the Monorail”?
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De Londres a Moscú en metro
Las buenas tardes de pintas con los amigos dejan siempre dos resacas tras de sí: la de la propia cerveza y la de las apuestas pendientes de confirmar. En Londres, la moneda de cambio de toda apuesta, no puede ser otra cosa que más pintas. Lo que da a lugar a más tardes de pintas y así sucesivamente.
Ayer hubo dos apuestas. Una acerca de unos músicos callejeros pequeños, morenos y regordetes, que debían ser sudamericanos pero que por alguna razón decían ser húngaros y otra acerca de la estación de metro londinense que inspiró el metro ruso. Como suele ocurrir, ninguno de los dos tenía totalmente la razón, ya que habíamos oido mucha leyenda pero pocos hechos. Aunque sin duda la clave está en al estación de Gants Hill, como yo defendía.
Durante la planificación del metro moscovita, los encargados de su construcción consultaron a sus colegas londinenses, en concreto al arquitecto Charles Holden, encargado del diseño de la estación de Gants Hill. La similitud del estilo de de las estaciones rusas y la de Gants Hill salta a la vista, con esa enorme bóveda de cañón. Claro que los rusos fueron mucho más allá, lo convirtieron en “el Palacio del pueblo”, combinando el estilo Art Deco con el funcionalismo soviético. Sus estaciones son impresionantes, cargadas de candelabros, mármoles, mosaicos y esculturas. Pero además funciona, mueve nada menos que 6 millones de pasajeros al día, el doble que el metro de Londres.
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El autobús que saltó el Puente de la Torre
Hace un par de años, Robbie Maddison, saltaba con su moto sobre el Puente de la Torre con sus compuertas abiertas y haciendo un mortal. Saltar sobre el puente levadizo más famoso del mundo jugandose el pellejo es sin duda una gran azaña, pero no era el primero en hacerlo y, desde luego, no es ni de lejos el más temerario.
Corría una noche fría de invierno de 1952, concretamente el 28 de diciembre, cuando Albert Gunter conducía su autobús de dos plantas de la línea 78 hacia Dulwich. Al comenzar a cruzar el puente, algo falló y sintió que el suelo frente a él se hundía. No se hundía sino que la parte del puente sobre la que él circulaba empezaba a ascender. El puente se estaba abriendo. Sin tiempo para frenar y con el miedo a acabar en el Támesis, Albert tuvo que tomar una decisión. Aceleró.
Por supuesto no fue un salto como el de la peli de Speed en el que el autobús salta como una rana. Este fue real. El hueco apenas era de un metro en el momento del salto y el conductor consiguió superarlo llevando a sus 12 pasajeros sanos y salvos, aunque seguro que algo magullados, al otro lado. Albert Gunter no iba patrocinado por Red Bull, ni forma parte de los libros de historia. Simplemente recibió una recompensa de 10 libras por su valor, apenas el salario de una semana.
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