El fín de semana ha sido espectacular en Londres, con temperaturas cercanas a los 30 grados, solazo increible, parques abarrotados de gente y quemaduras de tercer grado por doquier. Pero además de cumplir con el brunch en la terraza del Raoul’s y la barbacoa en el jardín, el finde dio para mucho más.
El viernes por la noche acudí a la representación de la ópera Carmen, de Georges Bizet, en el O2 Arena, para la cual tenía entradas adquiridas el año pasado. Era la primera vez que se traía una ópera al O2, que puede alojar hasta a 15.000 personas y que dispone de un escenario enorme, por lo que, aunque se perdiese el encanto de un teatro pequeño, se podría ganar en espectacularidad. Por desgracia ese no fue el caso.
El escenario, en efecto es grande, pero muy pobre en decorado y con escasísimos cambios entre escenas y actos. El sonido, a pesar de que la orquesta era magnífica, queda bastante desvirtuado por la amplitud del recinto, además de que la gente no mantiene el silencio sepulcral de un teatro convencional y el tener a un tio al lado comiendose un perrito caliente y unas palomitas no ayuda para nada. Tan sólo en el acto final, se da una muestra de la espectacularidad que se esperaba, con acróbatas y malabaristas por todo el escenario, pero no parece suficiente.
Por supuesto, tratándose de una ópera para las masas, la cantaron en inglés, auqnue eso no habría sido un gran problema si la cantante que encarnaba a Carmen hubiese tenido su noche, pero no fue así. En la ovación final, Micaela, con un papel mucho menos importante, fue mucho más vitoreada que la protagonista.

Resumiendo… el O2 Arena no es el lugar adecuado para una ópera…