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Las dos caras de la mujer en el tren
En una mañana común, a bordo de cualquier tren de cercanías o metro del área metropolitana de Londres, se producen cientos, miles, puede que decenas de miles de metamorfosis. Tantas como mujeres sin maquillar tomen el tren.
El perfil, al menos de las que abundan en mi tren es muy parecido. Mujer de entre 20 y 40 años, con bolso caro y de asombrosa capacidad, iPhone y un café para llevar. Lógicamente si no han tenido tiempo de maquillarse en casa, mucho menos de desayunar. Si la mujer se encuentra próxima a la veintena aumentan las posibilidades de que también se haga las uñas a bordo. Si supera la cuarentena, el café para llevar viene hecho de casa y en un termo.
De esta forma, conforme el tren se aproxima a su destino y desafiando con destreza extrema al traqueteo, las legañas dan paso al rímel, las ojeras al colorete y la boca seria al pintalabios. La mujer que baja del tren ya no es la misma que entró hace tan solo unos minutos.
Esta entrada es para todas esas mujeres que inexplicablemente, en medio del vaivén del tren, no se han sacado todavía el ojo con el bastoncillo del rímel. También para las que me aturden a menudo con el olor del esmalte de uñas. Si tuviera la mitad de valor que ellas, me afeitaba de camino al trabajo.
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Un gato callejero llamado Bob
Aunque el número de perros es más o menos igual al de gatos (unos 10 millones en ambos casos), en Reino Unido la mascota por excelencia es el gato. Millones de británicos comparten su casa con ellos a cambio de mantener a los ratones a raya. Pero, a pesar de tener que disputarse el terreno con zorros, ardillas y palomas, también existen algunos gatos que sobreviven en las calles. Bob es uno de ellos.
James es vendedor de la revista Big Issue, el equivalente a la Farola en España. Una revista, que distribuyen los sin techo de londres quedándose con la mitad de las dos libras que cuesta. Un día, los caminos de Bob y James se cruzaron. James lo encontró en la calle seriamente herido, o quizás fue Bob el que lo encontró a él. No lo podía dejar allí tirado, así que lo llevó a un refugio donde lo curaron.
Una vez sano, James pensó que no le volvería a ver el pelo, pero Bob tenía otros planes y se convirtió en la sombra de James, siguiéndolo a todas partes. Todas las mañanas se puede ver a la peculiar pareja cogiendo el autobús con destino a la estación de Angel. Allí, Bob acompaña a James a menudo sobre su hombro o reposando sobre su mochila, mientras su amigo intenta vender la revista.
Esta sencilla y conmovedora historia callejera se convertirá en libro al año que viene, escrito por el propio James y bajo el título “Un gato callejero llamado Bob: Cómo un hombre y su gato encontraron esperanza en las calles de Londres“. Donde se narran las aventuras divertidas y a veces peligrosas que transformaron la vida de ambos, curando sus respectivas cicatrices del pasado.
La foto es de Annie Mole, en su magnífico blog London Underground.
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Fashion victim
Bolso de Louis Vuitton: 1100 libras.
Botas de Gucci: 869 libras.
Cinturón de Roberto Cavalli: 200 libras.
Chaquetilla de vete-a-saber-quien: 500 libras.
Peluco: nada barato.
Enseñar la canaleta embadurnada de autobronceador “efecto bronze” cada vez que te inclinas hacia delante como cualquier obrero de la construcción: no tiene precio… Para todo lo demás Harrods.
La foto está hecha a las afueras de los famosos almacenes pero no por mí, ya que tengo alergia a esa zona y me sale sarpullido. Por supuesto la identificación de las marcas tampoco corre de mi cuenta. Yo no diferencio ese bolso de lujo de la bolsa que usa mi padre para recoger pimientos de la huerta.
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Hitchcock, vecino de Leytonstone
Alfred Hitchcock nació en el 517 de High Road, en el barrio de Leytonstone al Este de Londres. Allí, creció en un entorno que posteriormente influiría en todas sus películas.
Las referencias a fruterías y verdulerías, como la que su padre regentaba, aparecen en varias de sus pelis. En Sabotaje (1936), llegó a reconstruir su barrio natal, mostrando una frutería junto a un cine, en un claro tributo a High Road. También son comunes en sus trabajos las tramas con gente perseguida por al policía o encarcelada injustamente, a raíz de aquella famosa experiencia traumática de su infancia, cuando su padre le envió a la comisaría del barrio con una nota que decía que había sido un niño muy travieso y que por favor le encerrasen. La policía hizo caso a la nota y, aunque solo fue durante 5 minutos, la experiencia alimentó la imaginación del genio durante décadas. Además en todas sus películas aparece la figura del transporte público, en el que se movió durante su juventud en el Este londinense. A menudo, el propio Hitchcock hace aparición perdiendo un autobús o tranvía en el último momento.
Actualmente, no queda nada de su casa natal. Algún lumbreras del Ayuntamiento decidió que a nadie le interesaba la creación de un museo sobre Hitchcock en su lugar de nacimiento, por lo que fue derruida en los 60 y en su lugar hoy podemos visitar una bonita gasolinera.
Las autoridades tardaron un poco más en reaccionar y, finalmente, cuando se cumplieron 100 años del nacimiento del mago del suspense, decidieron homenajearlo con la instalación de 17 mosaicos en la estación de metro de Leytonstone, en los que se pueden ver escenas de sus películas, imágenes del barrio y retratos del director, uno de los grandes de la historia del cine.
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