Los inmigrantes son Londres

Brexit

En apenas un par de semanas, el 5 de mayo, se celebrarán elecciones a la alcaldía de Londres. Zac Goldsmith, otro producto más de la cantera de Eton College, se presenta como candidato conservador. Un mes más tarde, votará a favor de la salida de Reino Unido de la Unión Europea (Brexit), algo que de llegar a sucederse me privaría del derecho a voto en futuras elecciones municipales en Londres. Piden mi voto para quedárselo para siempre.

Como ciudadano español y residente en Reino Unido durante casi 8 años, mi derecho a voto me llega por mi condición de ciudadano de la Unión Europea. Así lo dice el artículo 20 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Además, como ciudadano europeo también puedo presentarme a las elecciones municipales o europeas.

Y es que corren malos tiempos para los inmigrantes europeos en Londres. Según los tabloides británicos, hordas de inmigrantes del este de Europa llegan a las islas para saquear el maltrecho cofre del bienestar social. Además lo pocos que vienen con la intención de trabajar, tienen como principal objetivo quitarles los trabajos a los sufridos británicos.

Da igual que diversos estudios señalen que los inmigrantes europeos son contribuyentes netos, es decir, que aportan a las arcas públicas más de lo que reclaman de ellas. El Primer Ministro británico va a Bruselas y les dice que el 40% de los inmigrantes europeos que llegan a Reino Unido reciben algún tipo de ayudas (yo no conozco a ninguno), y que necesita un “emergency break” o freno de emergencia para que, en caso de que esto se vaya de madre, pueda quitarles el derecho a las ayudas durante los primeros cuatro años.

El cosmopolitismo del que hace gala la ciudad en épocas de vacas gordas o cuando hay que solicitar unos Juegos Olímpicos se transforma en simple y mísera repulsa al inmigrante, el encargado eterno de pagar los platos rotos de los políticos incompetentes.

Pero en el caso de Londres no creo que resulte tan fácil demonizar al inmigrante, al fin y al cabo casi un 40% de la población ha nacido fuera de las islas. Es más que probable que el que te sirve le café o te cura en el hospital sea uno de ellos, pero también somos programadores, ingenieros, artistas, músicos, albañiles, profesores, médicos, banqueros, abogados o cualquier otra profesión que se os ocurra. Es imposible vivir en esta ciudad y no crear estrechos lazos con alguno de nosotros. Más de 3 millones de europeos viven y trabajan en Reino Unido.

Por eso cuando me preguntan si tengo miedo de que me echen del país en caso de Brexit, la respuesta es muy sencilla: esto es Londres, no me pueden echar de mi propia casa.

Estoy seguro que el Brexit no traería consigo deportaciones en masa ni privación inmediata de derechos laborales y sociales para ciudadanos europeos. Ni los euro-escépticos más radicales se atreverían con eso. No olvidemos que solo en España hay cerca de 700.000 británicos viviendo y su edad media supera la cincuentena. En caso de “intercambio de rehenes” entre países, ¿podría el sistema de salud británico hacer frente a una horda de achacosos pensionistas?

De todas formas, no es necesaria una orden de desahucio para hacer que los huéspedes se sientan incómodos. La salida de la Unión Europea podría traer consigo la necesidad de permisos de trabajo, visados y demás pesadillas burocráticas; y finalmente la retirada del acceso a los dichosos benefits o ayudas del gobierno, el debate por excelencia de los nacionalistas de boquilla. En definitiva, nos podría encaminar a ser ciudadanos de segunda, de los que tienen todas las obligaciones (a la hora de pagar impuestos son bienvenidas todas las nacionalidades), pero pocos derechos.

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