Hola, soy blanco e inmigrante

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Según el diccionario de la RAE, un expatriado, lo que en inglés se abrevia como expat, es alguien “que vive fuera de su patria”. La Wikipedia da una definición algo más completa: “una persona que, de forma temporal o permanente, reside en un país diferente del país en el que nació”. Pero va un poco más allá y dice que “el término se usa comúnmente en el caso en que las empresas envían a sus profesionales o trabajadores a sus delegaciones en el extranjero,  distinguiéndose así los profesionales cualificados, que son los expatriados, de los inmigrantes o mano de obra extranjero, en busca de empleo para mejorar sus condiciones económicas”.

Parece claro que, con esta definición, la elección del término expatriado o inmigrante para definir a una persona que trabaja en un país que no es el suyo, es una cuestión puramente profesional. Pero no. No recuerdo haber leído jamás en el periódico que una patera ha naufragado con 47 inmigrantes y 20 expatriados subsaharianos a bordo. Los africanos, sean ingenieros o no, son inmigrantes, los árabes son inmigrantes, los asiáticos (o como nos gusta llamarles en España: los chinos) son inmigrantes, al igual que los sudamericanos, si su piel es lo suficientemente oscura. Sin embargo, los europeos somos expats, porque no podemos estar al mismo nivel que todos esos grupos étnicos. La palabra expatriado o expat está reservada exclusivamente a gente blanca de occidente que se muda de una lado a otro para trabajar.

Nos hemos pasado años hablando del problema de los inmigrantes ecuatorianos, marroquíes o rumanos en nuestro país y ahora que somos nosotros los que emigramos hablamos de “mudarnos” a Londres o incluso de “movilidad exterior”. Somos jóvenes aventureros, cerebros en fuga, expats o cualquier otro término que se le ocurra, pero nunca inmigrantes.

Yo no vine a Londres empujado por la crisis, ni en búsqueda desesperada de trabajo. Vine porque me dio la gana. Pero siempre me he considerado tan inmigrante como expat. Aunque he de reconocer que no se empieza a entender a los inmigrantes hasta que no te conviertes en uno de ellos. Y es cierto que soy un inmigrante cualificado, pero no por tener estudios o una carrera profesional, sino porque me preocupé de aprender el idioma y cultura del país donde ahora resido. Me adapté a sus costumbres sin renunciar a las mías, sin convertirme en el hazmerreír que pretende ser más más British que los British, como escribía en el artículo sobre El inmigrante perfecto, hace ya 5 años por estas mismas fechas, cuando corrían tiempos mejores para Nadal en Wimbledon.

Amigos expatriados, este verano protegeos del sol en la playa, no vaya a ser que os transforméis en inmigrantes.

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