Elecciones generales en UK vistas desde la cocina

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Tras varios días holgazaneando sobre el teclado, incapaz de escribir algo decente sobre las pasadas elecciones generales 2015 en Reino Unido, veo que el bueno de Moleskine’s fools se me ha adelantado y ha escrito, con su estilo desquiciante, un testimonio tan personal y absurdo como original e interesante: las elecciones vistas desde la cocina, la del restaurante japonés donde él trabaja en Londres. Dice así…

Estaba yo tirando comandas antiguas en la papelera cuando María me cogió del brazo y miró fijamente. Con esa voz tan propia suya, entre severa y aleccionante me dijo: …

María es Italiana, napolitana concretamente, y gracias a ella se me ocurrió la idea de elaborar una singular estadística sobre las elecciones que se estaban llevando a cabo en mi patria de acogida: El Reino Unido.

Como ya sabéis, han ganado los conservadores, los tories, el PP de aquí, dejando en ridículo a los que elaboran estadísticas, esos Mortadelos de los números, que vaticinaron que o empataban o perdían por los pelos contra los laboristas -los sociatas guiris- y al final han ganado de goleada, sacando mayoría absoluta.

Como a mí se me da muy bien hacer de Mortadelo, y ya vengo con gafas de fábrica, decidí hacer mi propia encuesta en mi lugar de trabajo. Sobre un espectro de 15 encuestados, resulta que siete no tenían ni idea de lo que se estaba cocinando en el país donde viven. Y de los ocho que sí lo sabían me quedo con tres respuestas: Sergei, un croata italiano, me confesó que se enteró por Google esa misma mañana, ya sabéis, con el logotipo del buscador de buscadores que de vez en cuando cambia dependiendo del acontecimiento de rigor. Selene, una italiana, lo supo por mi perfil del Facebook donde más o menos venía a decir que en UK no podía votar porque su Reina no es mi Reina. Mi señora esposa sí que puede. Es curioso, lleva menos años en el país, y resulta que su derecho a permanecer en él le fue concedido cuando la tía loca me dio el “si, quiero”, pero a la hora de votar, ella como Australiana de la Commonwealth y súbdita de su majestad Elisabeth II, sí puede poner su papeleta en la urna. Y por último Darío, un taiwanés de nombre impronunciable que tiene la cortesía de cambiárselo para hacernos la vida más fácil a sus compañeros, y que se ha revelado como un entendedor del panorama político británico y como un fan de Cameron, el primer ministro que descorcha botellas de felicidad.

En realidad, al margen de Darío, la mayoría estaban poco interesado en las elecciones. Incluyendo a Pei-Fen, otra taiwanesa que nos miraba, mitad asombro mitad aburrimiento, a Darío y a mí discutiendo sobre política mientras él colocaba una gamba sobre un bloque de arroz y yo limpiaba una mesa en las que cuatro niñas pijas se habían transformado en pequeños cerditos durante lo que les ocupó su comida.

Es curioso como funciona el cerebro. Estuve comentando con una cliente habitual, que suele venir todos los jueves y se toma un crispy chilli squid, con un Pinot Grigio si está contenta o con coca cola light si le entra mala conciencia, cómo tu materia gris selecciona lo que le interesa y simplemente ignora lo que no.

Es imposible aislarse del ruido mediático que cualquier elección que se precie produce: periódicos, twitter, carteles, radio, televisión, internet, banners, corrillos en la calle, cartas que se agolpan en el buzón de tu casa… Pues tu cerebro, que es bastante más listo que tú, si sospecha que a ti te la suda tres pueblos, porque eres un rumano hijo de polacos que ha venido a cortar pescado en busca de tu sueño que es montar el primer sushi bar en tu pueblo, te ahorra el disgusto y simplemente ignora aquellos estímulos o signos que te informan de que, en el país en el que cortas pescado, se está decidiendo quién va a tomar las decisiones. Es lo mismo que pasa cuando de repente caes en algo en lo que nunca te habías fijado, para descubrir con asombro que te lo encuentras en todas partes. Siempre estuvo ahí, lo que ocurre es que a tu cerebro hasta entonces no se le había puesto en las narices procesarlo.

Eso me lleva a pensar en lo que siempre he sospechado. Que la democracia cojea, cojea precisamente por ese lado. ¿A cuántos les interesa la política? ¿Cuándo sabemos que alguien es competente para votar? Por ejemplo Arthur, un polaco que es muy buena gente, medio en broma medio en serio, me dijo – discutiendo con él sobre cómo diablos no podía saber que se estaban celebrando las elecciones- que a los “viejos” no se les debería dejar votar, que para qué, si se van a morir y votar es sobre el futuro, sobre lo que pasará en el futuro y de qué manera vamos a afrontarlo y que a los viejos qué les importa ya, si ni siquiera se les levanta. Debido a nuestra, para mi lamento, gran diferencia de edad, no me atrevía a preguntarle quienes eran para él los “viejos”.

Con la democracia yo he tenido siempre el mismo problema, y es que cómo pueden valer los votos todos iguales. Cómo puede puede tener el mismo valor el voto de pongamos, una mujer de treinta años, pelirroja, informada, culta, activa políticamente, sensata y con mucho sentido común y, ya puestos a imaginar, con dos buenas peras, con la de un tipo mal informado, impertinente, inculto y pasota que seguro que si la ve pasar por la calle le silba y le dice cualquier guarrada. Es un sin sentido, y estoy harto de obtener a cambio siempre esa fracesita que le atribuyen a Churchill, que dice algo así como que la democracia es el menos malo de los sistemas políticos.

El taxista que me llevaba de vuelta a casa, un tipo de Dorchester si entendí bien, con el que estuve hablando de todas estas cosas, fue el último que la saco a colación. No es la primera vez que lo hacen. Es como que te digan: oye, deja de calentarte la cabeza, esto es lo que hay y mañana saldrá el sol por Antequera. Pues no coño, que sea el menos malo no quiere decir que no sea mejorable, ¡carajo! Pero claro, a quién le importan mis calentones de cabeza.

Cambiándonos el uniforme, Arthur, el que no quiere dejarle votar a los viejos, parecía haberse reservado algo, y de repente me suelta todo solemne: “La ilusión de la democracia, eso es lo que nos venden, una ilusión, como un truco de magia que nos cuelan -que nos la meten doblá, si me permiten la licencia poética de cosecha propia- cada cuatro años votamos, pero al final nada cambia, siempre son los mismos, y dentro de otros cuatro años igual”. Yo creo que se estaba justificando por el tema de que no tenía ni puta idea de que había elecciones y un tocapelotas como yo, entre sushi y sushi, se encargaba de recordárselo.

Total, que han ganado los Conservadores. Aquí tienen un sistema que me rió yo del español. Si el ibérico está servido para hacer valer el bipartidismo, el de UK ni te cuento. Aquí se divide el mapa electoral en circunscripciones, cada una se traduce en un escaño, uno sólo, el más votado. Los demás votos corren la misma suerte que aquellas comandas que yo estaba tirando a la papelera cuando María, la napolitana, me lo impidió cogiéndome muy seria del brazo.

El tipo que va al parlamento a orar y oír, aplaudir y vociferar, y que por cierto está obligado a pasar un día a la semana en su demarcación a oír las quejas de las abuelitas que piden dinero para equipar mejor a los bomberos que rescatan a sus gatitos de los tejados, es porque ha tenido la suerte de recibir la mayoría de votos en su demarcación. Hay 650 de estas constituencies y, por lo tanto, 650 escaños. Si un partido sacase a nivel global sólo 650 votos más que el otro, a razón de uno más en cada demarcación, el parlamento al completo estaría formado sólo por políticos del mismo signo. Eso explica que el UKIP, ese partido que nos quiere echar a todos a patadas del país y defiende que en los pubs se pueda volver a fumar, teniendo más o menos un 10% de los votos (casi cuatro millones de tipos de los que dicen guarradas a tías pelirrojas), haya sacado sólo un escaño.

De hecho lo del UKIP podría explicar la victoria arrolladora de los conservadores. Como hay que votar tácticamente, porque si votas verde, por ejemplo, en una circunscripción donde la cosa está entre laboristas y conservadores, sabes que tu voto literalmente no vale más que el papel del water con el que te suenas los mocos, o aquellas pobres comandas que yo estaba desechando, pues quizás tengas la tentación de votar laboristas, que no te molan, pero que los prefieres mil veces antes que a los conservadores. Parece que los votantes del UKIP que se presumían incluso más numerosos, han preferido no restarle votos a los que de verdad tenían opciones de ganar, por miedo a que los de la rosa volvieran a formar gobierno y despilfarraran su dinero en cosas tan inútiles como un servicio sanitario universal. Eso o que Cameron les ha prometido que dentro de dos años hace un referéndum para ver si nos quedamos en Europa. Espero que para ese sí me dejen votar. Dentro de dos años quizás tenga que hacer las maletas.

fronteras

Más lecciones que he aprendido: Milliband, Clegg y Farage han renunciado. Se las piran. La cagada del primero: dejar a los laboristas con el peor resultado desde que las gallinas no ponían huevos. La cagada del segundo: dilapidar cincuenta y tantos escaños que se han quedado en unos famélicos nueve por culpa de meterse en la cama con quién no debía. La cagada del tercero, el líder de los ultraderechistas del UKIP: ni siquiera ser capaz de ganarse el escaño por la circunscripción por la que se presentaba.

Nada escandaloso si se compara con lo nuestro, no hay sobres bajo la mesa, ni sedes pagadas con dinero negro, ni “Luis, se fuerte”, ni mordidas o comisiones millonarias, tramas corruptas o bolsos de Louis Buttom de por medio. Renuncian por lo que entienden ha sido un trabajo mal hecho, un fracaso ante su electorado. Sí, lo que oís. Yo todavía me estoy pellizcando, tengo el antebrazo ya con cardenales, mi cerebro no atina a creérselo: se van porque simplemente no han hecho bien los deberes.

Cuando acudí el jueves con mi mujer a votar, y a pesar de estar tachado de la lista, les dije que yo le juraba fidelidad allí mismo a su reina, que total, a mi la barba de tres días de mi monarca no me mola, y prefiero a la tipa que aparece estampada en la taza de té en la que desayuno todas las mañanas, que es casi como una más de la familia. Pero no coló. Así que le rogué a mi mujer que votara laborista, no por nada, pero por lo pronto los laboristas no se quieren largar de la Unión Europea, y porque decían que pensaban gastarse más en asistencia social y en guarderías. Teniendo en cuenta que aquí llevar al nene a la guardería cuesta 15 euros la hora, lo que hace un montante de unos 1500 o más al mes, pues no nos vendría mal a mi señora y a mí un Prime Minister que nos echara un cable con los gastos. Porque ahorita mismo, no nos lo podemos siquiera permitir. Pues ahí que va mi mujer dirigiéndose a la mesa y le digo “jope, nos hemos olvidado tu pasaporte”. Ella mira extrañada y sigue para adelante. Le dice al de la mesa su nombre y donde vive y este le da la papeleta. Marca la casilla, la deposita y nos largamos. Si señor, ni identificación ni hostias, ni papas fritas. Aquí se fían de la peña, como cuando me fui a sacar el carnet de conducir.  Yo en esto estoy con mi colega el Búho, que me dejó una reflexión en Facebook: “¿Y allí no se les da nunca el problema de que un desaprensivo se haga pasar por su vecino y lo deje sin votar a él??”

Pues, Búho, parece ser que no, que no tienen ese problema.

Bueno, y el día después de las elecciones, en el curro, cuando detectaba que tenía ante mí una mesa de British les preguntaba: “¿Están ustedes hoy tristes o contentos?”, para sondear un poco por donde iban los tiros en mi barrio y he de decir que los de Notting Hill que fueron al Itsu el Viernes después de las elecciones (sí, aqui las elecciones son en día laboral) son arrolladoramente tories.

Y así fueron las cosas, uno no sabe si la democracia es el sistema o si dentro de dos años le van a echar de su casa y de su país adoptivo. Pero lo que sí tuve claro, porque allí estaba María para recordármelo, la napolitana, con su voz entre severa y aleccionante, era que estaba tirando las comandas en la papelera equivocada, que aquella era para el reciclaje del vidrio.

Yo la miré avergonzado, silbé distraído y pensé, “vaya bochorno, y yo que pensaba votar a los verdes”.

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