El diván de Freud

Diván de Freud

Como el último artículo que pergeñé para Guirilandia no se ajustaba a la linea editorial de la página, su fundador me sugirió que le escribiera uno sobre la Casa Museo de Freud de Londres, ya que antaño la había visitado; lo que aún no he dilucidado es si en dicha proposición se escondía además una sibilina insinuación a mis atolladeros mentales. Con esa duda sobrevolando mi azotea comencé a escribir el artículo tirado sobre el sofá como si de un diván se tratase…

Recuerdo vagamente a un españolito recién aterrizado en Londres, con un “¿jau ar yú?” y su “Jeloou” como máxima expresión de su competencia lingüística en el idioma de las islas que, con un plumífero verde pasado de moda y una maleta del Carrefour, se plantó en la capital del otrora imperio Británico a ver si conseguía inventarse una nueva vida y quién sabe si no para escapar de sus traumas infantiles.

El tipo vino acompañado por un fiel amigo al que conoció en los pupitres de la facultad de Filosofía de Sevilla y con una mezcla de audacia e ingenuidad se montaron en esa aerolínea a la que tantas cartas de amor se le han dedicado desde esta página, poniendo rumbo a sus sueños.

Y aquí en su primera semana, además de los insurance numbers, sacarse un teléfono y cuenta del banco, encontrar habitación donde esconderse del frío y demás asuntos de la básica supervivencia, que eran solventados con más desatino que acierto porque no contábamos con la ayuda inestimable de un blog como el de Guirilandia; un impulso irracional les obligaba a pasárselo en grande, beberse mil pintas y explorar la ciudad y quién sabe si cazar alguna maroma con la que intercambiar un “¿in yu jaaus o in main?” a pesar de no tener donde caerse muerto.

En términos freudianos: el “superyó” nos dictaba hacer lo correcto, lo moral y elevado: ahorrar dinero, estudiar el vocabulario y establecernos de la forma más eficiente; por el contrario el “ello” nos empujaba a la noche, al derroche y a sus cloacas. El pobre “yo”, como siempre, sufría lo indecible entre el estreñimiento aburrido al que le obligaba el superyó y a la húmeda seducción al que era sometido por el ello.

Y como nuestros “yoes” estaban bien jodidos y encima a hostias con el idioma, nos recetamos como terapia un garbeo por la casa museo de Freud. Filósofo de la sospecha en palabras de Ricouer, junto a Nietzsche y Marx. El trío que reventó el pensamiento del XIX y el XX, desenmascarando las sombras que detrás del telón conspiran y de verdad gobiernan.

Freud se vino a Londres huyendo de los Nazis, porque además de intelectual era listo el pillo y vio de antemano que los de la esvástica tenían más de un problema, además de traumas y complejos. Se instaló en el 20 de Maresfield Gardens en Hampstead, barrio de pasta. Se trajo de Viena todos sus muebles y baratijas con las que llenó su afamado estudio, que pregonan ha quedado intacto. Así que por unas seis libras te puedes dar una vuelta por la casa donde vivió más o menos un año. No escribió allí la “Interpretación de los Sueños” o mi favorita, que recomiendo encarecidamente a todos para comprendernos: “El malestar en la cultura”, pero la han dejado con un toque nostálgico y decadente que le viene ni para el pelo. Y bueno, claro, está el diván. Con ayuda de la imaginación te puedes figurar a sus pacientes ahí postrados mientras el viejo doctor intentaba desentrañar sus subterráneos instintos; aunque es de sobra conocido que Freud fue y es mas valioso como pensador que como terapeuta.

Si os gustan los cachivaches, figuritas y rarezas, vais a disfrutar como un niño pequeño tocándose la picha (metáfora que traigo a colación del tema con el que estamos divagando, ya que su hija Ana que también vivió en la casa fue una afamada psicóloga infantil y de las primeras que dijo que tocarse los miembros era hasta sano), porque los hay de todos los rincones del planeta ya que el doctor era aficionado a atesorarlos. En definitiva es una casa que vamos, da, estirando, para un par de horas. El tiempo que mi colega y yo nos tiramos por ella husmeando, como en este vídeo quedó retratado.

Aún no tengo muy claro quién ganó lo batalla, si mi superyó o mi ello. Algo de inglés he aprendido, creo. Lo que estoy seguro es que mi “yo” sigue ahí en medio; a veces con diplomacia, otras a trompicones y la mayoría de las veces a patadas en esa continua negociación entre los instintos y la conciencia a la que estamos eternamente condenados.

Y eso, más o menos, es lo que vino a decirnos Freud.

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