Actualmente, cuando se habla de puentes en Londres, el Tower Bridge o Puente de la Torre se lleva siempre todos los elogios. Es el que sale en la peli de Sherlock Holmes, sus compuertas se levantan para que los autobuses salten sobre el río y es el objeto de deseo de todo turista con cámara. Pero no siempre fue así…
Hasta el siglo XVIII, el que mandaba sobre el río era el London Bridge, el Puente de Londres. Construido en época medieval, contaba con 19 estrechos arcos que convertían la corriente bajo el puente en temidos rápidos. Tenía una anchura de 8 metros, pero debido a que se permitía construir casas en él, tan sólo 4 metros eran transitables. Los comerciantes ocupaban dos metros a cada lado y otros tantos colgando precariamente sobre el río, con sus tiendas y casas que se levantaban hasta 7 plantas. Además estos edificios se juntaban en los pisos más altos convirtiendo el puente en un túnel. Apenas había un puñado de rincones a lo largo de todo el puente desde los que se podía ver el río.
600 años después y tras sobrevivir a incendios y pestes, el viejo Puente de Londres no pudo con el peor de sus enemigos: el tráfico. La congestión era un problema muy serio y, aunque se ordenó la demolición de todas las casas que lo abarrotaban, el puente seguía siendo muy estrecho, por lo que a finales del siglo XVII se convocó un concurso para diseñar uno nuevo. El nuevo puente tenía 15 metros de ancho, pero en seguida se quedó pequeño para soportar el tráfico de finales del siglo XIX, que era de 8000 personas a pie y 900 vehículos cada hora. Se amplió hasta los 20 metros, lo cual demostró ser demasiado pero para los cimientos y comenzó a hundirse poco a poco. Una vez más, hacía falta un puente nuevo.
Curiosamente consiguieron vender el viejo puente en 1968 a un emprendedor americano, que lo volvió a ensamblar en tierras más cálidas y ahora es la segunda atracción turística de Arizona tras el Cañón del Colorado. Las malas lenguas dicen que el ingénuo americano, al igual que otros muchos millones de turistas, confundió el London Bridge con el Tower Bridge y pensaba que lo que estaba comprando por 2.5 millones de dólares era ese magnífico puente levadizo con sus torres y todo y no un pesado puente en pleno hundimiento. Por supuesto tanto el comprador como los vendedores han negado siempre el hecho. Claro que aunque fuese verdad, ni el primero admitiría jamás haber sido tan pardillo, ni los segundos haber colado el timo de la estampita con un puente de 283 metros de largo.
Sobre el nuevo London Bridge que vemos hoy en día podríamos decir que… es ancho.









Por lo visto el pardillo americano pagó otros 7 millones de dolares (de la época) para transportar pieza a pieza el dichoso puente a Arizona. Si el tipo pensó que se estaba llevando el Tower Bridge y le dieron gato por liebre, ésta sería la operación más ruinosa de la historia (después del fichaje de Ibreahimovic por el Barsa, claro…).